martes, 14 de julio de 2009

¿Frutos o Resultados?

Por

Alfredo Vélez

Ahora que nuestra selección nacional (Costa Rica) de fútbol estrena entrenador, no puedo dejar de pensar en las palabras del reconocido técnico Carlos Watson, cuando la prensa le preguntaba, después de una serie de fracasos, sobre su futuro en el club Sport Herediano. “En este trabajo se depende de resultados. No es nada personal”.

Sin duda alguna, don Carlos tiene toda la razón. Estas son las reglas del mundo y no sólo las del fútbol. En el campo de la educación, nuestros hijos deben dar resultados ante los exámenes, sin importar ninguna otra condición o esfuerzo personal. Los que trabajan en ventas saben que de esto depende su trabajo, de resultados.

La iglesia de hoy no es ajena a moverse en medio de estos parámetros, para evaluar el “éxito”. Es una realidad que los pastores se miden, califican y categorizan, de acuerdo a una escala determinada por el número de miembros y del tamaño del edificio que los alberga. Se le reconoce mayor autoridad a un pastor con una iglesia de 10 mil miembros, que a uno que sólo pastorea a medio centenar. En un foro de pastores, el conductor, refiriéndose a las iglesias que no crecían, dijo que en estos casos, el pastor debería “poner las barbas en remojo”, porque si no había respaldo de Dios, tenía que dejar el pastorado.

¿Pero, cómo se mide en forma correcta el respaldo de Dios? ¿Cómo lo midió Juan el Bautista? ¿Cómo lo midió Pablo? ¿Cómo lo midió Esteban? ¿Sería por el número de seguidores? ¿O sería por el confort que se alcanzaba en la vida privada? ¿Tal vez por las riquezas acumuladas en sus cuentas bancarias?

Sin duda, estas preguntas nos llevan a una profunda reflexión: ¿Podemos medir con la regla que mide el mundo, la labor de un siervo en el Reino de Dios?

La Biblia hace poco uso de la palabra resultado y en la mayoría de las veces, la utiliza como substituto del verbo ser, en otra acepción que tiene el término. Hebreos 13:7 es una de las pocas ocasiones en que el término se utiliza como hoy lo haríamos en el mundo:

“Acuérdense de sus dirigentes, que les comunicaron la palabra de Dios. Consideren cuál fue el resultado de su estilo de vida, e imiten su fe”NVI. Es obvio que aquí el apóstol no se refiere a los logros económicos, ni al número de seguidores, ni al tamaño de las iglesias, sino a una sola cosa: su estilo de vida. Bajo esta regla para medir la labor de los pastores, ¿cuántos aprobarían el examen? La recomendación de Pablo a Timoteo podría venirnos bien en este punto:

“Esfuérzate por presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de que avergonzarse y que interpreta rectamente la palabra de Dios” 2 Tim 2:15 NVI

Estilo de vida e interpretación recta de la palabra de Dios, son los dos puntos que deberían servir para calificar a un siervo de Dios. No por si puede vivir con los diezmos de sus ovejas; no por las propiedades, que ha podido comprar; no por el número de personas, que lo siguen. Pero sí por su ostentación, por sus lujos y excesos, que exhibe con orgullo; por vender milagros manipulando la palabra de Dios o por la clase de doctrina que enseña.

Por eso la Biblia no habla de resultados, como lo habla el mundo, sino de frutos como señales de una comunión con Dios, de una auténtica conversión, de negarse a sí mismo hasta la muerte y de una fidelidad absoluta a su palabra, pero sobre todo, por un enorme temor de Dios.

En el Reino de Dios se nos identifica por frutos, porque Dios no nos acepta por los resultados, sino por ese sacrificio en la cruz del Calvario, que nos permite alcanzar la condición de ser sus hijos. Sin darnos cuenta, hemos introducido en la iglesia la escala de valores del mundo, donde el trabajo personal y sus resultados acreditan el éxito, la fama y la fortuna. Por eso en el mundo la gloria es para los hombres, que terminan por convertirse en ídolos de otros hombres. En el Reino de Dios la gloria es para Él y solo para Él. ¿Y los hombres? Los hombres nos hacemos grandes siendo pequeños, humildes y siervos sin gloria.



No hay comentarios:

Publicar un comentario