martes, 14 de julio de 2009

¿Puertas abiertas o prueba de fuego?

Por
Alfredo Vélez

Los seres humanos tenemos la tendencia a simplificar las cosas, para sentir que realmente las conocemos. Una sensación de dominio y control sobre estas, es lo que ganamos al contentarnos con un conocimiento superficial y generalizado.

Es común ver a un mecánico de autos eliminando partes y conexiones de un último modelo, porque considera que no son necesarias. Pacientes que suspenden su tratamiento de antibióticos, porque “los médicos no saben nada”. Conductores convencidos de que manejan mejor con un par de copas. Madres seguras de que un hilo rojo en la frente de su bebé lo curará de hipo. Pastores que se conforman con una interpretación personal de la Biblia, porque no necesitan estudiar teología.

Por muchos años se nos ha advertido sobre el peligro de las doctrinas de hombres. También se nos han mostrado las fuertes advertencias bíblicas sobre estas peligrosas enseñanzas.

Lo que seguramente se inició como una ilustración para explicar que el pecado tiene consecuencias negativas en la vida de una persona, hoy se ha convertido en una peligrosa y falsa doctrina. Una doctrina a la que le hemos dado la categoría de Palabra de Dios. Y aún más grave, de ser una saludable advertencia para prevenirnos ante el pecado, la hemos convertido en un instrumento de juicio y condenación contra nuestros hermanos en Cristo. Estoy hablando de la doctrina de las “Puertas Abiertas”.

Durante mucho tiempo se ha enseñado en seminarios de guerra espiritual sobre “Puertas Abiertas en la vida del creyente”. Sin duda alguna, los siervos de Dios de quienes aprendimos estas enseñanzas, siempre tuvieron la intención de conducirnos a una vida de mayor santidad, carácter e integrad. Muchos buscaron más de Dios, ante grandes verdades bíblicas:

“La paga del pecado es muerte” “Nadie se engañe, Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre siembre, eso segará”

El problema aparece cuando tomamos un enunciado verdadero y lo invertimos, pensando que, como en las matemáticas, el orden de los factores no altera el producto. “Todos los burros comen zacate (prado)” no nos permite inferir que “todo el que come zacate es burro”.

No hay duda de que, “abrir una puerta”, pecar o simplemente vivir fuera de la voluntad de Dios, trae consecuencias negativas en la vida del creyente, y en ese sentido, la doctrina es verdadera. Sin embargo; sólo y sólo en ese sentido es verdad.

Inferir que todo creyente o siervo de Dios, que está experimentando una situación difícil en su vida, es un pecador o “debe tener una puerta abierta” es un lamentable error con el que la iglesia ha juzgado y condenado a inocentes.

Un Pablo encarcelado, un Elías huyendo o un Juan el Bautista decapitado por las artimañas de una adúltera, también serían juzgados y condenados con esa terrible mentira.

Charles Spurgeon el incansable predicador del siglo XIX, en medio de una prédica ante 10.000 personas en el Palacio de la Música de Surrey Gardens, escuchó como una voz anónima en medio de la multitud gritó “fuego”. Impotente ante la desbandada de los asistentes, vio como murieron 7 personas y cientos resultaron gravemente heridas.

“Rehusé toda consolación: las lágrimas fueron mi comida de día, y las pesadillas mi terror de noche. Me sentí como nunca me había sentido antes: Mis pensamientos eran todos como un cajón de cuchillos, cortando mi corazón a trozos, hasta que una especie de estupor de dolor me sirvió de dolorosa medicina”. Esas fueron algunas de sus palabras refiriéndose a este oscuro episodio. Puertas abiertas fueron las que le faltaron al Surrey Gardens para evitar esta tragedia.

Hoy, cuando leemos en las noticias que en algún lugar del mundo una discoteca estalla en llamas, parece que confirmamos nuestra doctrina. Pero, qué podemos decir, cuando le pasó esto a Spurgeon.

Sería demasiado pretencioso, hallar una explicación lógica a cada una de estas situaciones trágicas en la vida de los creyentes. No obstante, si hay algo que caracteriza a los grandes hombres de Dios, que han sido usados en trascendentales tareas para Dios, son las trascendentales pruebas que han tenido en sus vidas personales.

En 2 Cor 11: 23-29 Pablo menciona 13 de las 20 maneras en que sufrió profundamente por causa de su ministerio. Un ministerio extraño para estos tiempos, donde se predica que el cristianismo es sólo prosperidad, sin dolor alguno. Un cristianismo cargado de fórmulas para ganar en el mundo, pero no para ganar el mundo. Un cristianismo que Pedro nunca imaginó cuando escribió en I Pedro 4:12.

“Queridos hermanos, no se extrañen del fuego de la prueba que están soportando, como si fuera algo insólito. Al contrario, alégrense de tener parte en los sufrimientos de Cristo, para que también sea inmensa su alegría cuando se revele la gloria de Cristo”

Hoy nuestro cristianismo no sólo se extraña ante el fuego de la prueba, sino que lo aviva con juicio y condenación, dándole la espalda a quien la está padeciendo.

Es tiempo de llevar consolación y fortaleza al hermano que tiene una prueba, para que la prueba del hermano no traiga juicio y condenación a nosotros.

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